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Fernando Luis Perez Poza
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08 de Julio, 2009 · Vademecum

Prólogo

Cuenta una leyenda narrada por Valerio Petérculo en el Epitome de Tito Livio y recordada por Apiano, que cuando los romanos intentaron conquistar mi tierra, Galicia, los detuvo un río, el río del Olvido o Lethero, confín del mundo, que actualmente se llama Limia, y en cuyas orillas aún hoy en día se celebra la fiesta del Olvido. Ninguno de los legionarios se atrevía a cruzarlo porque el que lo hacía después no recordaba nada, ni sus orígenes ni a la familia, y se quedaba a vivir con los aborígenes, cuestión que he de confesar no resulta extraña si se tiene en cuenta la calidad de las ostras, los mariscos y la cantidad de baños termales por los que se caracterizan aquellos parajes. Pero un día, Decio Juno Bruto, procónsul de la Hispania Ulterior, lo cruzó y comenzó a llamar a todos los soldados por su nombre y, éstos, al ver que la memoria no le fallaba, roto ya el conjuro de la leyenda, decidieron seguirle, momento en el que Galicia pasó a formar parte del Imperio romano.

Muchos siglos han transcurrido desde aquel entonces y mucho ha cambiado el mundo. Hoy soy yo, un gallego, el que intenta conquistar Roma y así dejar atrás el río del olvido literario y habitar la memoria del tiempo. Voy sin más armas que mi voz y mi poesía y les garantizo, que al igual que Decio Juno, recordaré cada uno de los nombres de las personas que quieran sumarse al evento, apoyándome, o contribuyendo a hacer esto realidad y más aún si deciden, vía web o a través de los cauces establecidos en ella, comprar alguno de mis libros o el de otros autores a los que he publicado y contribuir así a aminorar los rigores del invierno económico que desgraciadamente acostumbra a dignificar la condición del poeta y al cual  no soy ajeno:

La poesía es para mí un modo de vida. Me levanto por la mañana y enciendo el poema de la luz al subir la persiana. Abro el verso del agua caliente, lo mezclo con el de la fría para que no se me abrase el alma y disfruto las metáforas aromáticas del gel mientras me ducho. Desayuno la sinéresis de una taza de mate y un par de magdalenas y me enfrento a la pantalla en blanco del ordenador. Unos días se cuela una fábula en mi despacho en la voz de algún poeta amigo que me viene a visitar o algún que otro aforismo de paso hacia las páginas de un libro publicado por mi editorial. Al mediodía cocino y almuerzo unas setas al estilo Martín Fierro o me deleito recitando con el paladar unos suspiros de monja hasta no dejar ni una estrofa en el plato. Casi todo es poesía. De vez en cuando me distraigo, miro por la ventana y mi mente escribe una oda a la desconocida que pasa ante el taller y de la cual me enamoro y desenamoro furtivamente a la velocidad del pensamiento.

En mi condición de editor, me llegan palabras desde todos los rincones del mundo. Se acercan sigilosas, ocultas en el archivo adjunto de algún e-mail y, de repente, se despliegan ante mí y me golpean la cabeza o se hunden como raíces en el corazón. Al cabo del día las letras bailan en remolino en cada una de mis neuronas pero aún me queda tiempo para abrir la cubierta de un poemario y compartirlo con la almohada antes de escribir un soneto en la pizarra de los sueños que, por ese motivo, siempre permanecerá inédito. Algunos adjuntos de los que recibo son crisálidas que se transforman en la mariposa de un libro y vuelan y recorren de ojo en ojo todo el mundo. Otros, por el contrario, sufren la terrible "delete" que los condena al destierro, lejos del papel y de la encuadernadora, o al suplicio de sobrevivir en el mundo virtual entre toneladas de versos anodinos. Los menos, como si fueran orugas, se pierden ocultos en el follaje de un buzón electrónico excesivamente saturado de misivas desesperadas en busca del milagro de la publicación.

Así es mi devenir, una mezcla de poeta que intenta revelar pequeños trozos de infinito en la fotografía de sus poemas, y de cumplidor de sueños, los de aquellos que escriben y aspiran a ver publicado también esas pequeñas parcelas astrales de su interior y que en virtud del papel y de la tinta se multiplican hasta dibujar el mapa del territorio poético.

En Vademécum combino poemas de última cosecha con otros seleccionados que, por una u otra razón, se han convertido en emblemáticos dentro de mi obra. Algunos son largos y otros cortos, unos más anchos y otros más estrechos, los de aquí más altos y los de acullá más bajos. En realidad, los hay de todos los colores, pues la diversidad es uno de los rasgos que me caracteriza y porque me gusta escribir en todos los registros, aunque prevalezca casi siempre el matiz lírico.

Es un libro publicado específicamente para esta presentación en Campidoglio de Roma, en ese lugar cuyas escaleras, como me ha dicho más de un poeta, conducen al templo de la poesía y que es uno de los sitios más emblemáticos a nivel cultural de Italia. Yo no sé si todos los caminos llevan a Roma, como dice el refrán, pero el mío no cabe duda de que la había incluido en el mapa.

 

Fernando Luis Pérez Poza

 

 

publicado por fpoza a las 14:08 · Sin comentarios  ·  Recomendar
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